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La nostalgia de un bordado

2 Oct , 2017  

Hola a todos los que están visitando mi blog. A los viejos acompañantes que han seguido mi trayectoria, y a los nuevos que apenas están conociéndome. Les aseguro que no se sentirán defraudados, y cada recomendación que aquí se hace sirve para algo o para alguien. ¡Así que comencemos!

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Siempre recordaré a aquellos peluches bordados que mi abuela hacía para su nieta consentida, así como su ropa tejida a mano para poder vestir a mis barbies. Realizaba con retazos de ropa faldas, vestidos, playeras, pijamas, todo para hacer sonreír a una niña que todo tenía, pero que no por eso su sonrisa valía menos, y quien prefería mil veces la ropa que su abuela le bordaba que la que vendían en las tiendas.

Siempre llegaba corriendo a abrazar su falda, darle mil besos tronados en las arrugadas mejillas, y pedirle que me dijera en dónde estaban sus bolsas llenas de tela, en donde encontraba siempre una sorpresa. Era todo un personaje esa señora, jamás te iba a devolver los besos y abrazos, siempre tenía una afilada lengua que atacaba con ironía y comentarios sarcásticos, era ruda en toda la extensión de la palabra. Sus ojos verdes se achicaban, su cabello de rizos negros salpicado de canas siempre estaba alborotado, siempre usaba sus mandiles que ella misma se hacía, pero aun así era la persona favorita de toda la familia.

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Porque era atenta, siempre dejaba sorpresas para sus nietos, siempre pasaba un billete en contrabando, nunca llegó el día que no nos mandará paquetes enormes de comida que ella todavía hacía, o que nos regañará por teléfono por no marcarle. Sus puertas siempre estaban abiertas para quien se lo pidiera, siempre estaba dispuesta a echarse horas platicando por teléfono, con los vecinos, con sus hijos, con su esposo que milagrosamente solo a ella la escuchaba (yo creo que era la conexión de tantos años de casados).

Los viejitos parecen ser ángeles que nos prestan, y que debemos disfrutar. Al menos eso fueron para mí, con su casa oliendo a caldo de pollo, con su televisión siempre a un volumen demasiado alto, con la eterna batalla de mi abuelo para entender los controles de Cablevisión, con sus atenciones inmensas que hacía que regresáramos llenos de comida, pero también de amor, siempre esos viejitos queriendo ir a My Lulu Plush cuando mi abuela dejó de tejer, siempre queriendo ir al súper ellos mismos, porque aún eran independientes sin importar la edad. Su ausencia dejó un vacío, pero su existencia en mi vida me otorgó más enseñanzas de las que pueda expresar en una simple nota.

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